No la formulaban igual. Unos decían actualizar sin dejar de ser reconocibles. Otros, ordenar la gama sin romper las referencias que ya vendían. Otros, entrar en un canal nuevo sin que la marca dejara de parecer la misma. Pero debajo era siempre la misma frase, y siempre la decía la misma clase de empresa: la que va bien.
A eso lo llamamos el impuesto del reconocimiento. Se paga en inmovilidad, y lo cobra el propio éxito.